martes, 26 de enero de 2010

Sensaciones raras...



Aquellas sombras grises contemplaron con miedo y horror el beso que selló aquella primera ilusión de Judith y de Cecilia. Un beso que les abrió la posibilidad de creer que el Paraíso de Dios también está en la tierra de los impíos. Despacio entre sus bocas apareció la distancia y con ella el movimiento de las sombras grises que soltaban murmullos casi imperceptibles mientras las dos mujeres permanecían quietas, tranquilas, con una enorme sonrisa en sus rostros, con sus miradas encontradas y dejando que el viento ondeara sus ropas y sus cabellos. Sonreían, sonreían sobre todo hacia adentro, hacia sus almas intensas.
Una semana después las dos mujeres se encontraron de nuevo en la misma calle y a la misma hora y sin hablar palabra, tan sólo con la fuerza de sus miradas, se dijeron todo lo que no se habían dicho. Con las manos entrelazadas caminaron mientras la tarde menguaba hasta encontrar el lugar que conjuró su pasión. Juntas bebieron vino y bailaron sus cuerpos, juntas sudaron su amor hasta el cansancio y juntas, olieron sus ganas y sus secretos.
Judith tomó entre sus brazos a Cecilia y la besó. Ambas con sus lenguas inquietas llenaron el rostro de la otra con saliva, lamieron brazos, manos, cuellos y vientres. Alzaron sus pubis para ofrecer el néctar de sus sexos y ambas bebieron el sudor intenso de sus transpiraciones.




Cecilia avanzó su mano entre el pantalón y la piel de Judith para alcanzar su vello. Palpó la delicada y fina esponja de terciopelo rubio, pasó su mano y alcanzó su vagina despierta, para acariciarla con fuerza, sintiéndola caliente, y con el dedo índice, repasó la piel de la entrepierna para impregnarse del olor de mujer de la criatura que tenía junto a sí, y con el apuro de que el suave néctar fuera a derramarse ya desvanecerse, saco la mano para inmediatamente aspirar ese olor que la enervaba, para olerla y meterla en su boca, saboreando su sabor acre en una sonrisa de lúbrico placer con miradas furtivas.
Judith, no dudó en devolverle el gesto de infinita aceptación y metiendo veloz su mano entre las nalgas y el pantalón de Cecilia, alcanzó extasiada sus ganas meciendo su dedo en el medio suavemente en círculos invisibles, la preparó así para el dulce hundimiento en sus entrañas, y ambas, enlazadas en sus miradas, ingresaron al paroxismo del placer intenso.
Aquella fue la última noche porque a la mañana siguiente, Cecilia no pudo con tanto amor ni con tanta locura y pasión desbordada. En llanto decidió que lo mejor era seguir los caminos de la seguridad emocional tallada y renunció a la inestable sensación de libertad que Judith le prodigaba. Judith entendió las consecuencias de tanta locura.



Después de un año, las dos mujeres se cruzaron de nuevo pero esta vez se necesitó más que una mirada para detener el tiempo. Sólo unos metros después del punto de encuentro ambas sintieron una descarga eléctrica que surcó su espalda. Las dos detuvieron su marcha y escucharon cascabeles de cristal mientras una suave brisa rodeaba en espiral sus cuerpos.
Gotas de sudor frío brotaron desde sus cabezas y escurrieron por sus sienes, sus manos temblaron y dentro, muy dentro de sus cuerpos, un sutil miedo trataba de imponerse ante el despertar de sus ganas. Fue apremiante volver la cabeza hacia atrás.
Y como si nada, como si no hubiera pasado el tiempo entre ellas y sus sentimientos, entre sus pasiones y arrebatos, se miraron fijamente y sonrieron y en el entendimiento que sólo las amantes jubilosas se tienen, entraron al mismo café que 1un año antes cobijó su complicidad...
Se sentaron frente a frente y bebieron sus cafés, sus manos se buscaron inquietas y sus pies jugaron debajo de la mesa. Judith sacó un cigarrillo y se encaminó a la salida, Cecilia la siguió como si supiera que el cigarro era un pretexto.
Ambas se abrazaron en silencio, recostó su cabeza en el hombro de Judith, y ésta acarició sus cabellos, juntas se dejaron acariciar por el viento frío de la vecina noche quiteña.
Con un beso tímido se dispusieron a entrar de nuevo en el mismo café de antaño, tomaron sus cosas y se dirigieron al baño, primero entró Judith y después Cecilia. Caminaron de la mano sin rumbo sin prisa, con las manos entrelazadas y con sus cuerpos llenos de deseo. Conscientes de que sus sangre se agitaba ansiosa en sus vientres. Fue todo alucinante, intenso, profundo.
Al despedirse, Cecilia sacó de su bolso un trozo de papel que le obsequió a Judith y esta lo abrió de inmediato con la intención de leer lo que había escrito, sin embargo, en su rostro se dibujó cierto desconcierto, era un trozo de papel en blanco. Alzó la mirada para reclamar a Cecilia, pero ella sonrió con picardía y Judith entendió entonces que aquel trozo de papel no se leía con los ojos sino con el olfato. Se lo llevó a la nariz e inhaló fuertemente, con los ojos cerrados y alzando la mirada al cielo. Aguantó lo más que pudo, soltó el aire y volvió a respirar de aquel papel, esta vez suavizándolo contra su nariz y boca, quería devorarlo pero en vez de eso, lo dobló suavemente para colocarlo en el bolsillo trasero de sus jeans.
María no podía dejar de respirar aquel aroma y doblaba insistentemente la comisura de sus labios hacia su nariz para oler los rastros de aroma que quedaron impregnados al restregarlo en su deliciosa y femenina intimidad. Era el olor de esa criatura hermosa, sexualmente subyugante, de su más íntimo y recóndito saber de hembra. Era el olor que nunca olvidó, que la volvió loca hace un año y que aún le provocaba tanto como para nunca olvidarla.
A Cecilia le brillaron los ojos y estuvo a punto de derramar lágrimas de alegría, pero finalmente aceptó que la subjetividad es algo vivo que nos cambia día a día.
Un trozo de papel les hizo entender que por más tiempo y distancia, sus ganas, su locura, su pasión y ese amor intenso, cautivo y raro siempre colgarían de lo más profundo de su corazón.
Esas sensaciones intensas volvían como una tempestad, volvían a alborotar la piel de Cecilia, ahora sin el bullicio febril de Judith, su hermana menor.



Besos W

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