miércoles, 9 de diciembre de 2009


Yo también hablo de la rosa.
Pero mi rosa no es la rosa fría ni la de piel de niño,ni la rosa que gira tan lentamente que su movimiento es una misteriosa forma de la quietud.
No es la rosa sedienta, ni la sangrante llaga, ni la rosa coronada de espinas, ni la rosa de la resurrección.
No es la rosa de pétalos desnudos, ni la rosa encerada, ni la llama de seda, ni tampoco la rosa llamarada.
No es la rosa veleta, ni la ulcera secreta, ni la rosa puntual que da la hora, ni la brújula rosa marinera. No, no es la rosa rosa sino la rosa increada, la sumergida rosa, la nocturna, la rosa inmaterial, la rosa hueca.
Es la rosa del tacto en las tinieblas, es la rosa que avanza enardecida, la rosa de rosadas uñas, la rosa yema de los dedos ávidos, la rosa digitalla rosa ciega.
Es la rosa moldura del oído, la rosa sedienta, la espiral del ruido, la rosa anhelante siempre víviva, latente, deseosa de su daga penetrante, hiriente en la más densa espuma de su hombre potente.
Es la rosa encarnada de la boca, la rosa que habla despierta como si estuviera dormida.
Es la rosa entreabierta de la que mana sombra, la rosa entraña que se pliega y expande evocada, invocada, abocada, es la rosa labial, la rosa herida.
Es la rosa que abre los parpados, la rosa vigilante, desvelada, la rosa del insomnio desojada.
Es la rosa del humo, la rosa de ceniza, la negra rosa de carbón diamante, que silenciosa horada las tinieblas y no ocupa lugar en el espacio.

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